sábado, 28 de diciembre de 2013

6. SIEMPRE ME MIRARON COMO A ESAS

A mis 75 años, me gusta escribir y pensar que entre mis amigos virtuales están esas personas que no quisieron ser mis amigos durante mi juventud. 

Cada historia tiene tanto de dolor como de emoción y las relato con nombres propios, sin apellidos, porque sueño que ellos los que me discriminaron vean que yo no soy esa mala mujer que discriminar. Llorando y recordando mis soledades navideñas, decidí escribir el primer capítulo, de mi diario inédito hasta ahora.


En Mayo de 1968 entré a trabajar a Industrias Nylofil, una empresa en Bogotá,  donde pasé mi juventud, mis mejores y también mis mas tristes días. Pero no voy a hacer una narración cronológica, escribiré capítulos de acuerdo a mi estado anímico.


VICTIMA DE MI PROPIO INVENTO


Los dueños de la empresa cambiaron y los trabajadores en una muestra de solidaridad a sus antiguos jefes decidieron sabotear  al nuevo gerente. Yo que tenía menos de un mes de trabajar como recepcionista, y con pesar por la guerra que se armó, quise mediar y solicité una entrevista. 

Le dí la mano y le dije: bien venido, yo no lloro al gerente que se va, y no me afectan sus medidas, porque soy la primera en llegar, pero tenga cuidado, cómo se le ocurre a usted que el portero pueda devolver al jefe de personal y los ejecutivos el día que lleguen tarde. "Llevo más de un mes aquí y no he podido que lleguen temprano", me dijo. Lo que sea, yo de administración no se; lo que si se, es que usted está poniendo al portero por encima de los ejecutivos; el día que los devuelva a don Alfonso, el jefe de personal, qué va a hacer usted, ya le tiene remplazo? Porque le perderán el respeto, y eso pasará muy pronto, él nunca llega temprano. Estábamos en el escritorio, y don Mauricio encantado conmigo, me mandó pasar a la salita, que tenía al lado de la oficina para clientes especiales. Gracias a mi ignorancia no capté en ese momento, la deferencia. Ya en la salita me preguntó mi curriculum? Esquivé la pregunta, para no decirle que ni siquiera era secretaria: "soy una niña bien", con plata, que me vi obligada a trabajar 1) porque enviudé y 2) porque mi esposo dejó una joyería y gracias a mi formación en: decoración, modistería, bordado y hasta culinaria (en esa época, la muer no iba a la universidad, eso fue después de la liberación femenina, pero esa es otra historia), soy incapaz de manejar mis bienes, pero mi cuñado los maneja y me pasa una mensualidad; si trabajo, es por es porque necesito el trabajo más que cualquiera, pero mi necesidad no es económica sino anímica.

Confiada, segura de mi misma, sentí que estábamos hablando de igual a igual, le dije: pero yo no vine a hablar de mi, vine a hablar de esa pobre gente que trabaja por necesidad.

Con una sonrisa de oreja a oreja, les comenté a mis compañeros que como moscas me rodearon al salir de gerencia: tranquilos no van a tener que marcar tarjeta, ni entrar por la puerta de personal, y lo mejor, el portero no puede devolver a nadie. Don Victor, el contador furioso: "y quien te autorizó, para hablar en nombre nuestro", me dieron la espalda, no me permitieron decir palabra, y continuaron el corrillo en contabilidad. Yo feliz, me sentía como la protagonista de la obra "Bella de día", no recuerdo si la estaban presentando en TV o en cine.

A don Mauricio le encantó mi propuesta, cuando vio que era factible controlar la entrada sin degradar a nadie, me dijo, que a partir de la fecha no iba a volver a utilizar a la secretaria de gerencia. Fue un asenso tácito que todo los empleados recibieron indignados, y yo encantada, me sentía como una reina de belleza, puesto que según ellos  yo se lo había "ofrecido", al gerente. Cosa que se confirmaba en la medida que recibía ascensos de dinero y cargo.

Lo que ellos nunca vieron fue mi colaboración, por ejemplo el jefe de personal que llegaba siempre tarde, me dijo: "Mija, cubrame la espalda".  Yo le contesté, mentiras no digo, pero si le puedo ayudar diciendo que su saco está en la oficina. Molesto me dijo, que eso qué, déjeme explicarle. Aceptó la ayuda y cuando alguien preguntaba si don Alfonso había llegado, yo decía, No me di cuenta, pero miremos en la oficina: "A mire ahí está el saco", decía señalando la percha; debe estar en la planta (un edificio de una manzana sin teléfonos). Don Alfonso quedaba muy bien, pero no yo, puesto que la recepcionista debía llevar el registro de personas que ingresaban a la fábrica. Mis compañeros, que no perdían oportunidad de atacar, me preguntaron, la primera vez: Señora, como que no sabe, usted no lleva el registro de ingresos y salidas de personas "cierto, pero también tengo que ir al baño". (Nadie me remplazaba mientras iba al baño).  

Y así fui escalando posiciones y ayudando a mis compañeros, pero nunca lo que hice fue suficiente para ellos, por ejemplo, cuando ascendí a la hermana de Cecilia, me dijo que no se sentía capacitada para desempeñar el puesto. Piénsalo, estoy segura que eres capaz, de momento esta conversación no existió. Estas ascendida.  Al lunes siguiente, Cecilia pidió cita con el gerente y llorando le comentó que su hermana no resistió la presión mía y por mi culpa había envenenado. No fue fácil, pero aprendí a moverme en un ambiente de hostilidad, que empezó el día que le di la bienvenida a don Mauricio y salí convertida en una de esas..., además orgullosa y presumida, pues sentía 1) que había hablado de tu a tu con el gerente 2) Ni Marlien Monroe, había hecho una conquista tan rápida. Gracias a mi inconsciencia, y a mi distracción, ni siquiera me enteré de la gravedad de situaciones tan difíciles, como las que tuve que vivir en la fábrica. 

Escribo anécdotas con nombres propios, para facilitar la recordación y no confundir las ideas. Encontré escribiendo una actividad que además del goce que me produce recordar, me permite ejercitar la mente. Ensaye, es maravilloso recordar personajes de una época pasada. Ahora entiendo porque hay una máxima que dice "todo tiempo pasado siempre fue mejor".

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